En la antigüedad, la isla se llamaba Ericusa, nombre derivado de las plantas de brezo que aún abundaban en las laderas y valles del ahora extinto cono volcánico. Aquí, el tiempo parece haberse detenido: no hay carreteras ni coches, solo senderos de piedra volcánica que se recorren a pie o en burro. Apenas hay tiendas, un único hotel, pero reina una paz y una tranquilidad absolutas.
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